Aperçus sur
l´Initiation
Capítulo VIII
René Guénon
Dijimos anteriormente que la iniciación propiamente
dicha consiste esencialmente en la transmisión de
una influencia espiritual, transmisión que no puede
efectuarse sino por medio de una organización
tradicional regular, de tal manera que no podría
hablarse de iniciación fuera de la adhesión a una
tal organización.
Hemos precisado que la "regularidad" debía ser
entendida como excluyendo a todas las organizaciones
seudoiniciáticas, es decir, a todas aquellas que,
sean cuales sean sus pretensiones y por cualquier
apariencia que adopten, no son efectivamente
depositarias de ninguna influencia espiritual, y no
pueden en consecuencia transmitir en realidad nada.
Desde este momento es fácil de comprender la
importancia capital que todas las tradiciones
atribuyen a lo que se designa como la "cadena"
iniciática(1),
es decir, una sucesión que garantiza de manera
ininterrumpida la transmisión de que se trata; fuera
de esta sucesión, en efecto, la observación misma de
las formas rituales sería en vano, pues faltaría el
elemento vital esencial para su eficacia.
Volveremos más especialmente a continuación sobre la
cuestión de los ritos iniciáticos, pero debemos
ahora responder a una objeción que puede presentarse
aquí: los ritos, se dirá, )no tienen por sí mismos
una eficacia que le es inherente?. En efecto, la
tienen, ya que, si no son observados, o si son
alterados en alguno de sus elementos esenciales,
ningún resultado efectivo podrá ser obtenido; pero,
si esta es una condición necesaria, no es sin
embargo suficiente, y es preciso además para que los
ritos tengan efecto, que sean cumplidos por quienes
están cualificados para hacerlo. Esto, por otra
parte, no es, de ningún modo, particular a los ritos
iniciáticos, sino que se aplica también a los ritos
de orden exotérico, por ejemplo a los ritos
religiosos, que tienen su propia eficacia, pero que
no pueden ser cumplidos validamente por cualquiera;
así, si un rito religioso requiere una ordenación
sacerdotal, quien no haya recibido esta ordenación
no obtendrá ningún resultado por mucho que observe
todas las formas o incluso tenga la intención
requerida(2),
ya que no es portador de la influencia espiritual
que debe operar tomando estas formas rituales como
soporte(3).
Incluso en los ritos de orden más inferior,
concernientes a aplicaciones tradicionales
secundarias, como por ejemplo los ritos de orden
mágico, donde interviene una influencia que no tiene
nada de espiritual, sino que es simplemente psíquica
(entendiendo con ello, en sentido general, lo que
pertenece al dominio de los elementos sutiles de la
individualidad humana y lo que le corresponde en el
orden "microcósmico"), la producción de un efecto
real está condicionada en muchos casos por una
determinada transmisión; y la más vulgar hechicería
rural suministraría a este respecto numerosos
ejemplos(4).
No hemos de insistir por otra parte en este último
punto, que está fuera de nuestro objeto; únicamente
lo indicamos para hacer comprender que, con mayor
razón, una transmisión regular es indispensable para
permitir cumplir válidamente los ritos que implican
la acción de una influencia de orden superior, que
propiamente puede ser llamada "no humana", lo que a
la vez es el caso de los ritos iniciáticos y de los
ritos religiosos.
Este es en efecto el punto esencial, y es preciso
todavía insistir en ello: ya hemos dicho que la
constitución de organizaciones iniciáticas regulares
no está a disposición de las simples iniciativas
individuales, y se puede decir exactamente lo mismo
en lo que concierne a las organizaciones religiosas,
pues, en ambos casos, es necesaria la presencia de
algo que no podría provenir de los individuos,
estando más allá del dominio de las posibilidades
humanas.
Podrían, por otra parte, reunirse ambos casos
diciendo que aquí se trata, de hecho, de todo el
conjunto de las organizaciones que pueden
verdaderamente ser calificadas de tradicionales; se
comprenderá entonces, sin que haya necesidad de
hacer intervenir otras consideraciones, la razón de
que rehusemos, como hemos dicho en muchas ocasiones,
aplicar el nombre de tradición a cosas que no son
sino puramente humanas, como abusivamente hace el
lenguaje profano; no será inútil señalar que el
mismo nombre de "tradición", en su sentido original,
no expresa sino la idea de transmisión que ahora
consideramos, y ésta es por otra parte una cuestión
sobre la cual volveremos más adelante.
Se podría ahora, para más comodidad, dividir a las
organizaciones tradicionales en "exotéricas" y
"esotéricas", aunque ambos términos, si se quisieran
entender en su sentido más preciso, no se aplican
quizá en todas partes con igual exactitud; pero,
para lo que actualmente tenemos a la vista, nos será
suficiente entender por "exotéricas" las
organizaciones que, en una cierta forma de
civilización, están abiertas indistintamente a
todos, y por "esotéricas" a las que están reservadas
a una elite, o, en otras palabras, donde no son
admitidos sino quienes poseen una "cualificación"
particular. Estas últimas son propiamente las
organizaciones iniciáticas; en cuanto a las otras,
no comprenden solamente a las organizaciones
específicamente religiosas, sino también, como se
observa en las civilizaciones orientales, a
organizaciones sociales que no tienen este carácter
religioso, estando al igual vinculadas a un
principio de orden superior, lo que es en todos los
casos la condición indispensable para que puedan ser
reconocidas como tradicionales.
Por otra parte, ya que no hemos de considerar aquí a
las organizaciones exotéricas, sino únicamente para
comparar su caso con el de las organizaciones
esotéricas o iniciáticas, nos podemos limitar a la
consideración de las organizaciones religiosas, pues
son las únicas en este orden que se conocen en
Occidente, y así las referencias serán
inmediatamente comprensibles.
Diremos entonces esto: toda religión, en el
verdadero sentido de la palabra, tiene un origen "no
humano" y está organizada de forma que conserve el
depósito de un elemento igualmente "no humano" que
tiene desde el origen; este elemento, que pertenece
al orden de lo que llamamos las influencias
espirituales, ejerce su acción efectiva por medio de
ritos apropiados, y el cumplimiento de estos ritos,
para ser válido, es decir, para suministrar un
soporte real a la influencia de que se trata,
requiere una transmisión directa e ininterrumpida en
el seno de la organización religiosa.
Si esto es así en el orden simplemente exotérico (y
está claro que lo que decimos no se dirige a los
"críticos" negadores a los cuales hemos hecho
alusión anteriormente, que pretenden reducir la
religión a un "hecho humano", y de los cuales no
hemos de tomar su opinión en consideración, al igual
que de todo lo que no procede sino de prejuicios
antitradicionales), con mayor razón deberá serlo en
un orden más elevado, es decir, en el orden
esotérico. Los términos de los que nos servimos son
tan amplios como para ser aplicados, incluso aquí,
sin ninguna variación, reemplazando únicamente la
palabra "religión" por "iniciación"; toda la
diferencia recaerá sobre la naturaleza de las
influencias espirituales que entran en juego (pues
hay aún muchas distinciones que hacer en este
dominio, en el cual incluimos en suma todo lo que se
refiere a las posibilidades de orden supra-individual),
y especialmente sobre las respectivas finalidades de
la acción que éstas ejercen en uno y otro caso.
Si, para mejor hacernos entender, nos referimos más
particularmente al caso del cristianismo en el orden
religioso, podríamos añadir que los ritos de
iniciación, teniendo como objetivo inmediato la
transmisión de la influencia espiritual de un
individuo a otro, que, en principio al menos, podrá
por consiguiente transmitirla a su vez, son
exactamente comparables a este respecto con los
ritos de ordenación(5);
y se puede incluso indicar que unos y otros son
similarmente susceptibles de comportar numerosos
grados, no siendo la plenitud de la influencia
espiritual forzosamente comunicada de una sola vez
con todas las prerrogativas que implica,
especialmente en lo que concierne a la aptitud
actual para ejercer tales o cuales funciones en la
organización tradicional(6).
Ahora bien, se sabe la importancia que tiene, para
las Iglesias cristianas, la cuestión de la "sucesión
apostólica", y esto se comprende sin dificultad, ya
que, si esta sucesión se interrumpiera, ninguna
ordenación podría ser válida, y, por consiguiente,
la mayor parte de los ritos no sería mas que una
vana formalidad sin alcance efectivo(7).
Quienes admiten a justo título la necesidad de tal
condición en el orden religioso no deberían tener la
menor dificultad en comprender que no se impone
menos rigurosamente en el orden iniciático, o, en
otras palabras, una transmisión regular,
constituyendo la "cadena" de la que hablábamos, es
también estrictamente indispensable.
Dijimos hace un momento que la iniciación debe tener
un origen "no humano", pues, sin ello, no podría de
ningún modo alcanzar su meta final, que sobrepasa el
dominio de las posibilidades individuales; esta es
la razón por la cual los verdaderos ritos
iniciáticos, como indicábamos anteriormente, no
pueden estar relacionados con autores humanos, y, de
hecho, no se conocen nunca tales autores(8),
al igual que no se conocen los inventores de los
símbolos tradicionales, y ello por la misma razón,
ya que estos símbolos son igualmente "no humanos" en
su origen y en su esencia(9);
y, por otra parte, existen, entre los ritos y los
símbolos, unos vínculos muy estrechos que más tarde
examinaremos.
Se puede decir con todo rigor que, en casos como
éstos, no hay un origen "histórico", ya que el
origen real se sitúa en un mundo en el cual no se
aplican las condiciones de tiempo y lugar que
definen a los hechos históricos como tales; y ésta
es la razón por la cual estas cosas escapan siempre
inevitablemente a los métodos profanos de
investigación, que, en cualquier caso y por
definición, no pueden ofrecer resultados
relativamente validos sino en el orden puramente
humano(10).
En tales condiciones, es fácil comprender que el
papel del individuo que confiere la iniciación a
otro es verdaderamente un papel de "transmisor", en
el más exacto sentido de la palabra; no actúa en
tanto que individuo, sino en tanto que soporte de
una influencia que no pertenece al orden individual;
es únicamente un eslabón de la "cadena" cuyo punto
de partida está fuera y más allá de la humanidad.
Es esta la razón por la cual no puede actuar en su
propio nombre, sino en nombre de la organización a
la que está vinculado y de la cual le provienen sus
poderes, o, más exactamente todavía, en nombre del
principio que esta organización representa
visiblemente. Esto explica, por otra parte, que la
eficacia del rito cumplido por un individuo sea
independiente del valor propio de ese individuo como
tal, lo que es igualmente cierto para los ritos
religiosos; y no entendemos esto en sentido "moral",
lo que evidentemente no tendría importancia en una
cuestión que en realidad es de orden exclusivamente
"técnico", sino en el sentido en que, incluso si el
individuo considerado no posee el necesario grado de
conocimiento para comprender el sentido profundo del
rito y la razón esencial de sus diversos elementos,
dicho rito no dejará de tener pleno efecto si,
estando regularmente investido de la función de
"transmisor", lo cumpliera observando todas las
reglas prescritas, y con una intención que sea
suficiente para determinar la conciencia de su
vinculación a la organización tradicional.
De ello deriva inmediatamente la consecuencia de
que, incluso una organización en donde no se
encontraran en un cierto momento más que lo que
hemos denominado iniciados "virtuales" (y volveremos
todavía sobre esto más adelante), no sería por ello
menos capaz de continuar transmitiendo realmente la
influencia espiritual de la cual es depositaria; es
suficiente para ello que la "cadena" no sea
interrumpida; y, a este respecto, la conocida fábula
del "asno transportando las reliquias" es
susceptible de un significado iniciático digno de
ser meditado(11).
Por el contrario, el conocimiento completo de un
rito, si ha sido obtenido fuera de las condiciones
regulares, está por completo desprovisto de todo
valor efectivo; tal es así, por tomar un ejemplo
simple (ya que el rito se reduce esencialmente a la
pronunciación de una palabra o una fórmula), que, en
la tradición hindú, el mantra que no ha sido
obtenido de la boca de un gurú autorizado no tiene
ningún efecto, pues no está "vivificado" por la
presencia de la influencia espiritual de la cual
únicamente está destinado a ser el vehículo(12).
Esto se extiende, por otra parte, en un grado u
otro, a todo lo que está vinculado a una influencia
espiritual: así, el estudio de los textos sagrados
de una tradición, realizado mediante libros, no
podría jamás suplir a su comunicación directa; y
esta es la razón de que, incluso allí donde las
enseñanzas tradicionales han sido más o menos
completamente puestas por escrito, éstas no dejan de
ser regularmente objeto de una transmisión oral,
que, al mismo tiempo que es indispensable para
obtener su pleno efecto (desde el momento en que no
se trata de atenerse a un conocimiento simplemente
teórico), asegura la perpetuación de la "cadena" a
la cual está unida la vida misma de la tradición.
De otro modo, no se trataría sino de una tradición
muerta, con la cual ninguna vinculación efectiva es
posible; y, si el conocimiento de lo que resta de
una tradición puede tener todavía un cierto interés
teórico (fuera, por supuesto, del punto de vista de
la simple erudición profana, cuyo valor es nulo, y
en tanto sea susceptible de ayudar a la comprensión
de ciertas verdades doctrinales) no podría ofrecer
ningún beneficio directo con vistas a una
"realización" cualquiera(13).
Se trata también, en todo esto, de la comunicación
de algo "vital"; en la India, ningún discípulo puede
sentarse jamás frente al gurú, con el fin de evitar
que la acción del prâna, que está unido al aliento y
a la voz, ejerciéndose demasiado directamente,
produzca un choque violento que, por consiguiente,
podría ser psíquica e incluso físicamente peligroso(14).
Esta acción es tanto más poderosa, en efecto, en
cuanto que el prâna mismo, en este caso, no es sino
el vehículo o el soporte sutil de la influencia
espiritual que se transmite de gurú a discípulo; y
el gurú, en su función propia, no debe ser
considerado como una individualidad (desapareciendo
ésta entonces verdaderamente, salvo en tanto como
simple soporte), sino únicamente como el
representante de la tradición que él encarna en
cualquier caso en relación con su discípulo, lo que
constituye exactamente el papel de "transmisor" del
que hemos hablado.
Nota del autor 1:
La palabra "cadena" es
lo que traduce el hebreo shelsheleth, el árabe
silsilah, y también el sánscrito paramparâ, que
expresa esencialmente la idea de una sucesión
regular e ininterrumpida.
Nota del autor 2:
Formulamos expresamente
esta condición de la intención para precisar que los
ritos no podrían ser objeto de "experiencias" en el
sentido profano de la palabra; quien quisiera
cumplir un rito, del orden que sea, por simple
curiosidad o por experimentar su efecto, podría
estar bien seguro de antemano de que dicho efecto
será nulo.
Nota del autor 3:
Los propios ritos que
no requieren especialmente tal ordenación tampoco
pueden ser cumplidos indistintamente por todo el
mundo, pues la adhesión expresa a la forma
tradicional a la cual pertenecen es, en todos los
casos, una condición indispensable para su eficacia.
Nota del autor 4:
Esta condición de la
transmisión se encuentra entonces hasta en las
desviaciones de la tradición o en sus vestigios
degenerados, e incluso también, debemos añadirlo, en
la subversión propiamente dicha que constituye el
hecho de lo que hemos denominado la
"contra-iniciación", a este propósito, Le Règne de
la Quantité et les Signes des Temps, caps. XXXIV y
XXXVIII.
Nota del autor 5:
Decimos "a este
respecto", pues, desde otro punto de vista, la
primera iniciación, en tanto que "segundo
nacimiento", sería comparable al rito del bautismo;
está claro que las correspondencias que pueden
observarse entre cosas pertenecientes a órdenes tan
diferentes deben ser forzosamente complejas y no se
dejan reducir a una especie de esquema unilineal.
Nota del autor 6:
Decimos "aptitud
actual" para precisar que se trata de algo más que
la "cualificación" previa, que puede ser designada
también como una aptitud; así, podrá decirse que un
individuo es apto para el ejercicio de las funciones
sacerdotales si no tiene ninguno de los impedimentos
que obstaculizan su acceso, pero no será actualmente
apto mas que si ha recibido efectivamente la
ordenación. Señalemos también a este propósito que
éste es el único sacramento para el cual se exigen "cualificaciones"
particulares, por lo que es comparable a la
iniciación, a condición, claro está, de tener
siempre en cuenta la diferencia esencial entre los
dominios exotérico y esotérico.
Nota del autor 7:
De hecho, las Iglesias
protestantes que no admiten las funciones
sacerdotales han suprimido casi todos los ritos, o
no los han guardado sino a título de simples
simulacros "conmemorativos"; y, dada la constitución
propia de la tradición cristiana, no pueden en
efecto ser nada más en semejante caso. Se sabe por
otra parte a qué tipo de discusiones da lugar la
cuestión de la "sucesión apostólica" en lo que
concierne a la legitimidad de la Iglesia anglicana;
y es curioso comprobar que los teosofistas mismos,
cuando quisieron constituir la Iglesia
"Libre-Católica", pretendieron ante todo asegurarse
el beneficio de una "sucesión apostólica" regular.
Nota del autor 8:
Ciertas atribuciones a
personajes legendarios, o más exactamente
simbólicos, no podrían en ningún modo ser
consideradas como teniendo un carácter "histórico",
sino que, por el contrario, confirman plenamente lo
que estamos diciendo.
Nota del autor 9:
Las organizaciones
esotéricas islámicas se transmiten un signo de
reconocimiento que, según la tradición, fue
comunicado al Profeta por el propio arcángel
Gabriel; no podría indicarse más claramente el
origen "no humano" de la Tradición.
Nota del autor 10:
Indiquemos a propósito
de lo dicho que quienes, con intenciones
"apologéticas", insisten sobre lo que ellos llaman,
con un término por otra parte demasiado bárbaro, la
"historicidad" de una religión, hasta el punto de
ver en ello algo por completo esencial e incluso de
subordinarle a menudo las consideraciones
doctrinales (cuando, por el contrario, los hechos
históricos en sí mismos no sirven realmente sino en
tanto que puedan ser comprendidos como símbolos de
realidades espirituales), cometen un grave error en
detrimento de la "trascendencia" de esa religión. Un
error semejante, que manifiesta por otra parte una
concepción demasiado "materializada" y la
incapacidad de elevarse a un orden superior, puede
ser considerado como una molesta concesión al punto
de vista "humanista", es decir, individualista y
antitradicional, que caracteriza propiamente al
espíritu occidental moderno.
Nota del autor 11:
Es incluso importante
señalar, a este propósito, que las reliquias son
precisamente un vehículo de influencias
espirituales; Ésta es la verdadera razón del culto
del cual son objeto, a pesar de que dicha razón no
siempre sea consciente entre los representantes de
las religiones exotéricas, que parecen
frecuentemente no tomar en cuenta el carácter
"positivo" de las fuerzas que manejan, lo que por
otra parte no impide a estas fuerzas obrar
efectivamente, incluso a pesar de su ignorancia,
aunque quizás con menor amplitud de la que tendrían
si estuvieran "técnicamente" mejor dirigidas.
Nota del autor 12:
Señalemos de paso, a
propósito de esta "vivificación", si uno puede
expresarse así que la consagración de los templos,
de las imágenes y de los objetos rituales tiene como
objetivo esencial el convertirlos en el receptáculo
efectivo de las influencias espirituales sin cuya
presencia los ritos a los cuales deben servir
estarían desprovistos de eficacia.
Nota del autor 13:
Esto completa y precisa
todavía lo que dijimos acerca de la vanidad de una
pretendida vinculación "ideal" a las formas de una
tradición desaparecida.
Nota del autor 14:
Es ésta también la
explicación de la especial disposición de los
asientos en una Logia masónica, lo cual están con
seguridad lejos de sospechar la mayor parte de los
Masones actuales.